Nos sobran los motivos

1388686646_230276_1388686793_noticia_normalEse fue el titulo que elegí para intentar explicar que Nos Sobran Los Motivos para seguir disfrutando de la música y de las letras de éste genio. Joaquin Sabina piensa ya en su concierto de despedida y comenzar su vida “freelance” haciendo trabajos puntuales y no tan dedicado como lo estuvo en sus últimas décadas. La verdad que tener que perder nuevas letras y nuevos trabajos de esa cabeza será un crimen tremendo para todos los sabineros del mundo. Mientras tanto, esperaremos su último trabajo, donde realiza dúos con Fito Páez y Joan Manuel Serrat. A esperarlo y disfrutarlo, porque seguramente ése sería el último de su carrera.

Aquí les dejo el informe completo de Leonel García para el diario El País de Uruguay > 

Adiós escenarios

El gran Joaquín Sabina anunció que posiblemente su próxima gira sea la última. Una historia que comenzó en la calle y con un traidor.

Cuando solo le quedan diez días para cumplir 65 años, el cantautor español Joaquín Sabina piensa dejar los escenarios. Así lo deslizó el 3 de enero, muy a su estilo, crudo pero dejando alguna hendija abierta, en una entrevista que le realizó Diego Manrique en el suplemento Cultura de El País de Madrid: “En general, las nuevas canciones hablan del deterioro, tanto social como personal. Puede que sean la excusa perfecta para una gira de despedida. Una despedida de verdad, aunque después haga cosas puntuales, como Miguelito (se refiere a Miguel Ríos). La verdad es que puedo vivir perfectamente sin volver a pisar los escenarios. Eso hay que dejárselo a los chavales”.

El nuevo disco de estudio en elaboración, que sería el decimoctavo de su carrera, incluyendo dos a dúo -con Fito Páez y Joan Manuel Serrat-, aún no tiene nombre. Miguel “Mike” Ríos es un pionero del rock español, que se retiró de los escenarios en 2011 pero que aún hace colaboraciones o apariciones esporádicas. Y el periodista Manrique publicó en su artículo sus impresiones de su encuentro con el Poeta de Úbeda: “… se advierte hoy (en Sabina) un desinterés, un cansancio soberano; en su caso, de la música”.

Joaquín Ramón Martínez Sabina nació en Úbeda, Jaen, el 12 de febrero de 1949. Pocos como él le cantaron a la calle y a los antihéroes, al amor y a sus trampas, a los excesos y a las malas costumbres. “Degenerado y mujeriego, con cierto aspecto de faquir. Anda arrastrando su esqueleto por las entrañas de Madrid”, le cantó su colega (en más de un aspecto) Luis Eduardo Aute, en Pongamos que hablo de Joaquín. Cierto es que desde que sufriera un infarto cerebral, en 2001, evento que casi lo mata y que le provocó una inmediata depresión, la fiera pareció más domada. Sus trabajos y giras conjuntas con su amigo Serrat fueron exitosas, pero sus últimos trabajos propios –Alivio de luto (2005) y Vinagre y rosas (2009)- no alcanzaron ni cerca las repercusiones de sus discos de los `80 y `90. Tal vez el público, con una conducta cruel que ha repetido con varios artistas, lo prefería en sus épocas de reviente.

Y toda historia tiene un principio. Segundo y último hijo del matrimonio del policía Jerónimo Martínez con Adela Sabina, Joaquín fue alumno de un colegio de monjas, amante del naciente rock y lector de Proust, Neruda y Joyce, militante de izquierda detenido por su propio padre y exiliado en Londres. Ahí debió irse luego de arrojar un cóctel molotov a la sucursal del Banco de Bilbao en Granada en 1970, durante una protesta por el Proceso de Burgos, y pasó a ser un prófugo de la España franquista.

En Gran Bretaña fue squatter (ocupa), ayudó a refugiarse en su hogar londinense a etarras (de lo que se arrepentiría públicamente más tarde), consiguió que le den asilo político afirmando que de volver a España sería ejecutado (lo que no era cierto) y, básicamente, se dedicó a cantar en bares y calles. Aunque su repertorio se basaba en su admirado Bob Dylan y en rancheras mexicanas para un numeroso público de exiliados latinoamericanos, comienza ahí a escribir sus primeros poemas, que serían parte de su libro Memorias del exilio y luego de su primer disco, Inventario. Este último vería la luz en 1978, un año después de terminada su aventura londinense. Francisco Franco había muerto y el aire fresco en España traía, además de libertad, fenómenos culturales conocidos como “la movida” y “el destape”.

Joaquín estaba casado con Lucía Correa, una argentina a la que había conocido durante su exilio, y que se convertiría en su única esposa. Eso fue más fruto de la necesidad que de el amor. A su regreso a su país él debió cumplir con el servicio militar obligatorio, y solo a los casados se les daba “el permiso de pernocta” para que fueran a dormir a sus casas. Paralelamente, trabajó como periodista en el periódico Última Hora. Finalmente, la pareja se instaló en Madrid, en un modesto apartamento en la calle Tabernillas. Joaquín se enamoraría perdidamente y para siempre de la ciudad, al tiempo que hacía lo que mejor sabía hacer: cantar en bares y vivir la bohemia de la España en transición.

En aquella época pululaban los cantantes callejeros. Uno de ellos, un joven de 17 años que se hacía llamar Pulgarcito, maravilló a un ejecutivo de la discográfica CBS con una canción llamada Qué demasiao. El chico, que por ese entonces vivía con Joaquín y Lucía gracias a la solidaridad reinante entre músicos y buscavidas, le reconoció al empresario que el autor de ese tema era un tal Sabina. Ese fue el inicio de todo. Treinta y seis años, un divorcio, muchas mujeres, dos hijas con Isabel Oliart (hija de un exministro de Defensa), mucha noche, alcohol y drogas, un ataque cerebral y 23 discos que vendieron diez millones de unidades en todo el mundo después, Joaquín Sabina anuncia su adiós de las giras, convertido en uno de los mayores cantantes de la lengua española, autor de canciones que marcaron a tres generaciones.

A Pulgarcito, que en 1980 grabó un disco que incluía Qué demasiao, se lo tragó la tierra. No tuvo mejor idea que contarle a Lucía un affaire que tuvo su marido. Joaquín -cuyos guarros antihéroes a quienes canta lo tienen a él mismo como gran fuente de inspiración- jamás le perdonó tamaña traición. Y, por supuesto, nunca volvió a prestarle una canción.

UNA ELECCIÓN HARTO DIFÍCIL: CUÁL ES SU MEJOR TEMA

El portal joaquinsabina.net, “la comunidad sabinera más grande de Internet”, se embarcó en 2006 en una tarea difícil: averiguar cuál es la mejor canción del cantautor. Tras dos meses y diez mil participantes, la ganadora fue Y sin embargo (29% de los votos), una preferida del propio músico. Le siguieron 19 días y 500 noches (16%), Peor para el sol (13%), Contigo (12%) y Calle Melancolía (9%).

LA EVOLUCIÓN DE UN ARTISTA SEGÚN VA PASANDO EL TIEMPO

Los inicios

Recién casado, regresado de su exilio en Londres y finalizado su servicio militar, Sabina publica Inventario, su debut discográfico, en 1978. Se hace habitué del café La Mandrágora. Se hace -aún más- bohemio.

Los años 80

Entre el folclore español, el pop, el rock, la poesía y un culto al “reviente”, Sabina se convierte en una estrella más allá de España. Destacan: Juez y parte (1985), Hotel dulce Hotel (1987) y El hombre del traje gris (1988).

El superestrellato

Éxito internacional gracias a discos como Física y Química (1992), Yo, mi, me contigo (1996) y -sobre todo- 19 días y 500 noches (1999). Llevando su vida al límite, los excesos le pasarán pronto factura.

Susto y después

Un infarto cerebral en 2001 casi lo mata. Deja la cocaína y se sumerge en una depresión. Sale de ella gracias a la música -aunque sin alcanzar el nivel anterior- y se embarca en varias giras junto a Joan Manuel Serrat.

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